No lo decimos nosotros, sino el tío Sam: en Chile somos campeones para piratear. Una mezcla de factores económicos y culturales hace que nuestro país ostente el dudoso honor de destacar internacionalmente por la prontitud con la que nuestros consumidores se dejan tentar por versiones fraudulentas de ciertos productos, especialmente películas, libros y artículos de lujo.
Sin embargo, el gran argumento de las marcas afectadas por este “flagelo” –las pérdidas económicas que representan para las empresas establecidas- acaba de sufrir un duro golpe con la divulgación en EE.UU. de un informe, ordenado por las autoridades federales, que demostró que todas las estimaciones por ese concepto hasta aquí han sido exageradas.
Es más, en otro reporte divulgado casi el mismo tiempo, pero por el British Journal of Criminology, se afirma que las falsificaciones de artículos de lujo no sólo han mejorado ostensiblemente su calidad de fabricación, sino que las pérdidas asociadas serían hasta 5 veces menores a las estimaciones habituales de las autoridades y de las marcas afectadas.
¿El mundo al revés? Lo cierto es uno de los autores de dicho reporte sostiene incluso que “existe evidencia de que (las falsificaciones de artículos de lujo) ayudan a las marcas, acelerando el ciclo de vida de las modas”. Por supuesto, ni monsieur Vuitton ni madame Chanel están muy de acuerdo, por lo que es muy improbable que las marcas dejen de perseguir judicialmente a quienes lucran a sus expensas. Por muy bien que hagan su trabajo.